La cerámica negra de Llamas del Mouro
En el occidente de Asturias, en la parroquia de San Martín de Sierra y dentro del concejo de Cangas del Narcea, el pequeño pueblo de Llamas del Mouro guarda una de las tradiciones artesanas más singulares de la península ibérica: la cerámica negra. A 22 kilómetros de la capital del concejo, este rincón ha conseguido que su barro traspase fronteras gracias a unas piezas de un negro profundo, con brillos metálicos, que se siguen modelando a mano como hace siglos.
El pueblo y los últimos alfareros
La alfarería de Llamas del Mouro se pierde en el tiempo: desde el siglo XVI la actividad estaba ya plenamente consolidada en el pueblo, y en sus mejores momentos llegaron a funcionar más de una docena de hornos al mismo tiempo —en los años cincuenta aún quedaban 16 alfares abiertos—. Cada casa tenía su torno, su horno y su saber.
Pero la emigración y la llegada de nuevos materiales fueron apagando los hornos uno a uno. En 1976 solo quedaba abierto un alfar: el de Jesús Rodríguez Garrido. Él fue la persona que consiguió que esta tradición no se perdiese, y hoy sus hijos y nietos mantienen vivo el oficio. Los descendientes de la familia Rodríguez son los únicos artesanos que siguen elaborando la cerámica negra en Llamas del Mouro, el único lugar del occidente de Asturias donde esta alfarería se conserva.
Las piezas y sus usos
Las piezas de Llamas del Mouro no nacieron como objetos decorativos, sino como utensilios vivos para sostener la vida cotidiana. Su negro profundo con brillos metálicos, su resistencia y su capacidad para conservar los alimentos las hicieron imprescindibles en la economía doméstica: en ellas se hacía el queso, se guardaba la manteca, se servía el vino y se cocinaban los alimentos.

Las formas tradicionales responden a necesidades concretas: los xarros —como los xarros de pixulin—, las ollas para cocinar, las escudiel.las para servir, las penadas para acarrear el agua de la fuente a casa y las tarreñas para conservar la nata y la mantequilla. Junto a ellas, los cántaros, las queseras perforadas para el desuerado del queso, los pucheros para el café o los botijos y porrones para llevar el agua a la siega.

La técnica del negro
El barro se extrae en el paraje de El Reguerón, a un kilómetro del alfar: dos tierras distintas, una clara y otra rojiza conocida como «colorado», que se mezclan en la proporción que la tradición transmite de generación en generación. Tras amasarla, la pieza sube al torno de pie y, cuando alcanza el punto de oreo, se bruñe: ese pulido es el responsable de que, tras la cocción, la cerámica adquiera su brillo profundo.

Pero la verdadera transformación ocurre en el horno. La cochura se hace en hornos abiertos de leña que alcanzan entre 800 y 1000 grados. Al final llega el momento decisivo: se sellan todas las aberturas del horno —se «ahoga»—, cubriendo el combustible con tapines, bloques de césped con tierra. Al impedir la entrada de oxígeno se genera una atmósfera reductora, cargada de carbono, que es la que tiñe la arcilla de ese negro profundo. Cada hornada es irrepetible: nunca se sabe exactamente qué negro ha nacido en la oscuridad, y las piezas permanecen en el horno varios días para enfriarse despacio.
Hoy, el alfar de la familia Rodríguez sigue trabajando en Llamas del Mouro, repitiendo los gestos heredados y adaptándolos a los nuevos tiempos sin traicionar su esencia. Quien quiera conocerlo y ver cómo el barro se convierte en noche puede visitar su taller-tienda en el pueblo: ceramicanegraasturias.com (teléfono +34 985 92 12 35).
